viernes, 7 de mayo de 2010

ELLA ES MILLONES


Ha vuelto, amigos, compañeros. Ha vuelto. Está de nuevo aquí, ahora. Es la que encendió la hoguera, la que insufló sentimiento a la idea; la que continúa empujándonos hacia la justicia y la igualdad. Ella. Eva.
Dadora de vida: eso significa su nombre, que sigue siendo el nombre de la primera mujer. La primera argentina. Ella. Eva. La mujer del bicentenario, como la nombró la presidenta.
Dicen que fueron manos mapuches las que la trajeron al mundo; que fue Juana, una comadrona que vivía en el barrio La Tribu en las afueras de Lo Toldos – donde estaban confinados los indios de Coliqueo, derrotados de la campaña al desierto- la que le dio el chirlo iniciático que la hizo respirar, que la hizo berrear y adentrarse en la vida, salir hacia el dolor y la injusticia, hacia la tristeza y la existencia gris, destino que ella habría de trocar por otro, luminoso a fuerza de convicción y fe. Tal vez sabía esa india partera que la dio al mundo para que se encontrara con ese Juancito, nieto de indios pampas, que junto a ella daría vuelta la historia de la Patria
Un amigo decía hace muchos años que el dolor debidamente encauzado hace a la eficacia de la revolución”. Y eso también fue Eva.
En esa casucha perdida frente a los indios, en medio de la pampa húmeda, un día como éste pero de 1919, nacía para la Argentina y para el mundo una esperanza que todavía es.
Los poetas le pondrán la entonación cordial y sensiblera a este nacimiento de la que vuelve, o acaso nunca se fue. Los poetas populares, los poetas peronistas, pilares de una tradición literaria que dieron al tango criollo su rasgo más genuino: evocativo, sentimental, verdadero.
Manzi, Cátulo, Discepolín nos ayudarán para hablar de ella, en este día de su 91 cumpleaños.

Coplas de un payador

A Homero Manzi le encantó enterarse de que la Señora se había puesto muy brava, muy celosa cuando supo que él, el más gran artista popular de la Argentina, le había escrito al General Juan Perón sus Saludos de un payador y que Hugo del Carril había grabado esas décimas milongueadas a la antigua, de modo vivaz, atropellador y orgulloso.
¡Por qué a Perón sí y a mí no! dicen que dijo. “Ese gordito lo quiere más a Perón que a mí”, le escucharon contar a alguien que mintió ser testigo de la escena. Lo cierto es que fue el mismo Hugo quien dejó caer la historia en las cercanías del poeta. Y el vate de Añatuya ni lerdo ni perezoso, empuñó la lira y se puso a jugar otra vez con las palabras, ahora para rendirle su tributo e Ella.
Era 1949, la Argentina estaba pletórica, iba a toda marcha hacia sí misma, al encuentro de su autenticidad, en pleno despliegue de su inacabable potencia telúrica. El espíritu de la tierra reverdecía en esas millones de almas que venían de la profundidad de la historia, esa masa, los grasitas, los que hasta ayer estaban sometidos, expoliados, explotados por una oligarquía siempre egoísta, por una capital siempre explotador, ahora veían recompuesta su dignidad. Ahora eran respetados. Ahora los obreros, los peones, los grasitas, los sin ropa y sin tierra. tenían un ancho bravo en la mano que los bancase. 1949: La Argentina reía, estaba más viva que nunca. Pero Homero ya sabía que la Parca andaba pidiendo su paradero, y Ella, poco tardaría en enterarse de cuánto dolor había que infligirle para hacerla salir de la batalla. Y también cuántas son las caras que puede tener el odio.
Este Píndaro moderno que fue nuestro Homero, a los pocos días fue a visitarla, con sus Saludos de un Payador a la señora Eva Perón, que también le grabó Hugo del Carril.

Con aires de payador
Entro en su casa, señora,
Con la guitarra cantora
Templada por mi fervor.
Cada clavija una flor
Y cada cuerda cantora
Una pulsación sonora
Que restalla con amor
Para vibrar en su honor,
Mi dignísima señora.
II
No se acostumbra actualmente
Este estilo de canción.
Se fue con la tradición
El payador elocuente.
Pero siento de repente
Que en esta noble ocasión
Debo hacer una excepción
Para cantar gentilmente
Mis décimas oferentes
Que dedico a Eva Perón.
III
Mas debo con su licencia
O tal vez con su perdón
Reandar la improvisación
Y borrar mi inexperiencia.
Cegado por la impaciencia
Cometí la incorrección
De hacer la salutación
Olvidando en mi imprudencia
De festejar la presencia
Del general Juan perón.
IV
Él es el verbo mayor
Y usted la mayor templanza:
Él es la punta de lanza
Y usted la punta de amor.
Él es grito de honor
Que hasta el deber nos alcanza
Y usted la mano que amansa
Cuando castiga el dolor.
Él es el gran sembrador
Y usted la gran esperanza.
V
Él es el gran constructor
De la patria liberada
Y usted la descamisada
Que se juega con valor.
Los dos, uncidos de amor
Son vanguardia en la cruzada.
Las masas emocionadas
Al brillo de ese fervor
Han jurado con honor
Morir en esa patriada.
VI
En estilo payador
Canté en su casa, señora,
Con la guitarra sonora
Templada para su honor.
Perdóneme si al favor
De su mano acogedora
Mi pobre musa cantora
No supo cantar mejor
Al estallar con amor
En esta casa, señora.

El soneto de Catulín

Otro poeta también habitante del panteón tanguero nacional y popular, también muchacho de mi barrio, Boedo, y entrañable amigo de Homero fue Cátulo Castillo. Cátulo fue otro artista completo: músico, guionista, letrista sin par. La última curda, Tinta Roja, el último café, La calesita son algunas de sus creaciones que seguramente todos conocen. Este Cátulo es hijo de José González Castillo, autor de tangos preciosos como El aguacero, otro patriota de Boedo fundador de la Peña Pachacamac. Como se sabe, la manzana nunca cae lejos del árbol.
Catulín también escribió una novela fenómena, El romance de Amalio Reyes, una historia llena de códigos de convivencia, nuestros, en la que presenta a este modelo de héroe anónimo, Amalio Reyes, hombre de lengue, de conducta, de valor, de una dignidad incorruptible. Esa historia fue al cine con el título Amalio Reyes, un hombre, que dirigió Enrique Carreras. Y estuvo protagonizada por Hugo del Carril. Cátulo, otro de los nuestros en todo el sentido de la palabra, dejó este hermoso, hermosísimo soneto dedicado a Ella:

Eva era un retrato
Nos miras desde el fondo de un retrato
con tu fija expresión de dama antigua,
sonriente y grácil, con la mano exigua
que enlaza el brazo fuerte, con recato...

¡Todo era una ilusión!... Y en el boato
de tu traje de fiesta, se santigua
otra mano de adiós, con esa ambigua,
pálida ausencia que pintó el retrato...

¡Cómo eras feliz!...Con una aureola
de amor y de piedad, te arqueabas, mimbre
que desgajó la furia de la ola....

Y te desdibujaste, dulce y sola,
cuando la muerte, silenciosa urdimbre,
te hizo escuchar su vieja caracola...

Discépolo y Ella


A mediados de 1951, Enrique Santos Discépolo comienza un ciclo radial que influirá fuertemente en la realidad política. Los textos de ese micro estaban enmarcados en la campaña electoral por la reelección de Juan Perón para el período 1952-1957 (que quedó trunco como todos los oyentes saben por la contrarrevolución de 1955). Había que convencer al país de que había que darle una segunda oportunidad a Perón en las urnas. Y Discépolo jugó a favor de los buenos, como no podía ser de otra manera, aunque sabía que le iba a costar caro. La vida, digo yo.
Discépolo creó a un personaje llamado "Mordisquito" que encarnaba a la oposición recalcitrante, a la crítica enana, que nada lo ve bien y que todo lo niega. Igualita a la actual, si me permite la digresión. Plenas de ironía, de humor mordaz, de ingenio, esas audiciones, esos monólogos de Discepolín, polarizaron la cosa y ayudaron a que el General ganara por varios cuerpos. “Ganamos gracias al voto femenino y a Mordisquito”, dijo el General. Y nuestro Enrique se dio por pagado.
De su audición de despedida, fueron treinta, nos atrevemos a decir este fragmento en el que Enrique le habla de Ella a Mordisquito, como muchos quisiéramos hoy saber hablarles a los que no entienden que en el centro de la pelea está el amor, pero más en el centro está la justicia, sin la cual no hay amor que valga. Vamos a Discépolo, que les dice: “yo no lo inventé a Perón, ni a Eva Perón, la milagrosa. Ellos nacieron como una reacción a los malos gobiernos. Yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón ni a su doctrina. Los trajo, en su defensa, un pueblo a quien vos y los tuyos habían enterrado de un largo camino de miseria.
Nacieron de vos, por vos y para vos. Esa es la verdad. Porque yo no lo inventé a Perón, ni a Eva Perón. Los trajo esta lucha salvaje de gobernar creando miseria, los trajo la ausencia total de leyes sociales que estuvieran en consonancia con la época. Los trajo tu tremendo desprecio por la clases pobres a las que masacraste, desde Santa Cruz hasta lo de Vasena, porque pedía un mínimo respeto a su dignidad de hombres y un salario que los permitiera salvar a los suyos del hambre. Sí, del hambre y de la terrible promiscuidad de sus viviendas en las que tenían que hacinar lo mismo sus ansias que su asco. No. Yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón. ¡Vos los creaste! Con tu intolerancia. Con tu crueldad. Con la misma crueldad aquella del candidato a presidente que mataba peones en su ingenio porque le pisaban un poco fuerte las piedritas del camino a la hora de la siesta.
Te dejo. Con tu conciencia. ¡Perón es tuyo! ¡Vos lo trajiste! ¡Y a Eva Perón también! Por tu inconducta. A mí lo único que me resta es agradecerte el bien enorme que sin querer le hiciste al país. Gracias te doy por él y por ella, por la patria que los esperaba para iniciar su verdadera marcha hacia el porvenir que se merece.

Una oración

Y para cerrar, esta oración que me acompaña desde hace mucho y que no sé quién la escribió, sé que un par de años después del tránsito a la inmortalidad de Evita. Esta oración forma parte de los santo y seña nacidos al calor de la resistencia peronista. La rezaré, aunque no sepa rezar, para que ella siga reconfortando nuestros corazones este día de su cumpleaños 91.

"Señor: No pedimos por Ella: a Ella le pedimos que siga acompañando con su amor infinito este pueblo que es suyo como fue su destino, este pueblo que un día despertó con su grito, con su alerta de octubre, su inicial desafío, y su amor de muchacha que fue espiga y fue lirio.
Ahora es como un sueño que se sueña y se vive, que llega con la espuma y en la roca persiste, que suena en las campanadas y el silencio preside, porque en el mediodía y en la tarde sin límites su nombre va diciendo plegarias y clarines.
Clara muchacha nuestra, presente para siempre en nuestra vida diaria, brotando en todo rayo y en toda niebla opaca, en la palabra buena o la sangre derramada, en el llanto de ayer o en la risa de mañana, en la estrella que cae como una flor dormida sobre el campo sembrado de estrellas florecidas y en los fuegos que elevan sus alas amarillas quemándose hasta el fin como una antorcha viva, brazo y espada a un tiempo, tormenta y llamarada, la más alta bandera y al par la Abanderada. Nunca estaremos solos. Señor: está la Amiga.
De pie para quererla, como Ella nos quería. De pie, también, seguiremos al que fue luz y faro en sus días y en nuestro milagro cotidiano.
La vemos con los ojos abiertos o cerrados, la guardamos, Señor, como un huerto sellado, su mirada en la nuestra, su ternura en las manos. Y le damos las gracias por continuar al lado de este pueblo que reza con su nombre en los labios".

Les aviso que ha vuelto. Evita está. Ha vuelto y es millones; encarnada está en cada uno de los que hacemos profesión de fe de su palabra, y en todos los argentinos que creen en ese país mejor que está dejando de ser sueño; y sobre todo en ella, Cristina, nuestra mujer, que sigue devolviendo dignidad a manos llenas. Evita está presente.

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